Discurso senador Pablo Longueira al rendir homenaje en el Congreso Naiconal Santiago, 31 de agosto
Hoy, en el día de San Ignacio, el Congreso Nacional rinde un merecido homenaje a los 150 años de la fundación del colegio San Ignacio de Alonso Ovalle y los 50 del San Ignacio del Bosque. En otras palabras, es un reconocimiento a la tradición educacional y formadora de generaciones de ciudadanos que han prestigiado a la Orden Jesuita, y muy especialmente, a nuestra nación. No esta demás recordar en esta ocasión, que ella comenzó el año 1594 cuando fundaron su primer colegio, ancestro directo de los dos establecimientos mencionados.
Para ilustrar en que consiste esa formación, ese tan conocido y comentado espíritu ignaciano, cabría mencionar a tantos servidores públicos que se han formado en estos dos colegios: presidentes, ministros, senadores, diputados, alcaldes, regidores y concejales, elegidos en votaciones populares por el pueblo chileno, que se han entregado con mucha generosidad a su patria, en sus más variados periodos. O, también, a cientos de ministros y jueces que han servido en el Poder Judicial. O a destacados sacerdotes, profesores, periodistas, artistas, deportistas, pintores, actores, profesionales y miembros de nuestras Fuerzas Armadas que han contribuido a construir el Chile de hoy.
Para aquellos que nos educamos desde pequeños en el colegio San Ignacio de Alonso Ovalle, donde estudió el Padre Alberto Hurtado Cruchaga, recientemente elevado a los altares como santo, sería fácil explicar la contribución de ambos colegios en su larga existencia, resumiendo la vida y obra del ignaciano que llegó a lo más alto que podemos aspirar.
Lo anterior sería por cierto el camino más fácil para mostrar ese sello propio que imprimen en su formación los jesuitas en sus colegios. En esta ocasión, los homenajeados son otros. Los colegios San Ignacio de Alonso Ovalle y el Bosque, por cierto, también los Jesuitas.
Por tal motivo, en esta ocasión que se me solicitara hablar en representación de los senadores que recibimos esa educación ignaciana, intentaré la no fácil tarea de describir en pocas palabras, lo que creo ha sido la gran contribución a Chile de esas cerca de doscientas generaciones de ignacianos que han salido de aquéllos.
¿Qué tenían o tienen en común esos miles de ignacianos que han egresado de ambos colegios y que por cierto, la inmensa mayoría ni siquiera se conocieron? , o ¿En qué consiste esa educación y formación que recibieron, que logra que los ignacianos sientan un profundo orgullo de haber pasado por estos colegios, el que continúa acrecentándose cuando salen al mundo laboral? O por último ¿Cómo se construye ese espíritu ignaciano que perdura en el tiempo, generando una inmediata cercanía cuando dos ignacianos se encuentran en las más variadas actividades, aunque pertenezcan a otra generación o al otro San Ignacio?
La respuesta en muy simple y sencilla. Todos hacen honor al lema que eligieron: “Entramos para aprender, salimos para servir”
Los principios de la educación ignaciana se orientan a entregar a quienes pasan por sus salas ciertas directrices imborrables: desarrollo integral de la persona; búsqueda de la excelencia personal; libertad responsable; discernimiento de la voluntad de Dios; orientación a los demás; promoción de la justicia, diálogo entre fe y cultura. Son directrices claras y sencillas, que dirigen la vida cotidiana de todo ignaciano. Son un humanismo total, cristiano y laico, social y liberador, cuyo fin último es el pleno desarrollo de la naturaleza que Dios nos ha dado.
Todo lo anterior, se va fraguando con un cuerpo de profesores del más alto nivel profesional y completamente comprometido con su proyecto educacional, cuya malla curricular académica es complementada con decisivas actividades extraprogramáticas. Las comunidades de vida cristiana CVX; los trabajos de fabrica, viviendo en una población; las misiones de invierno y verano evangelizando y ayudando en zonas de extrema pobreza; la construcción de viviendas, para dar un techo Chile; la ayuda solidaria frente a cada catástrofe nacional o extranjera, son actividades que van formando ciudadanos que salen a servir. Ellos son parte de una comunidad, de una sociedad en la que aún perduran muchas injusticias. Esa ha sido la gran contribución a Chile de los dos colegios San Ignacio: no sólo autoridades o personas destacadas en las más variadas disciplinas, sino también miles de anónimos ciudadanos que, diariamente, a lo largo de los años y en todo el territorio nacional, con la mas variada diversidad de pensamientos políticos, económicos, sociales e incluso religiosos, despliegan sus conocimientos y talentos para construir país mas justo.
Por eso, esas doscientas generaciones, con una honda conciencia social para servir, se sienten profundamente interpretados con las palabras de ese ignaciano ejemplar, san Alberto Hurtado:”Debemos ser justos antes que generosos”. Porque la generosidad suele ser esporádica. La justicia, en cambio, es una actitud de vida que se practica – debe practicarse todos los días.
Por todo lo anterior, en esta solemne ocasión, deseamos transmitir al Padre Andrés Vargas Munita, Rector del Colegio San Ignacio del Bosque, al Padre Jaime Castellón Covarrubias, Rector Colegio San Ignacio de Alonso Ovalle y al Provincial de la Compañía de Jesús en Chile Padre Guillermo Baranda Ferrán, los profundos agradecimientos por todo lo que han hecho por nuestro país.
Muchas Gracias